Hay una pregunta que hago seguido cuando acompaño adultos en procesos de duelo: ¿cuándo fue tu primer contacto con la muerte?
Casi siempre la respuesta vuelve a la infancia. A la muerte de un abuelo. O a la de un animal de compañía. Y cuando exploramos ese momento juntos, aparece algo que se repite: lo que faltó no fue amor. Lo que faltó fueron palabras. Claridad. La posibilidad de elegir cómo despedirse.
Esos primeros duelos que vivimos de niños construyen o no construyen ,herramientas para duelar de adultos. Y eso importa mucho más de lo que solemos creer.
Lo que les decimos cuando no sabemos qué decir
Escucho muchas versiones. Se escapó. Se fue con sus amiguitos. Está en el cielo. Se enfermó y se fue a un lugar mejor.
Las entiendo. Nacen del amor, del deseo de proteger, de no saber cómo sostener el dolor de un hijo. Cada familia hace lo que puede con las herramientas que tiene.
Y al mismo tiempo, esos eufemismos muchas veces generan más confusión que alivio. Un niño que espera que su perro vuelva porque “se escapó” no puede despedirse. Un niño al que le dicen que “se fue al cielo porque era muy bueno” puede empezar a temer que si él también es muy bueno, también se irá.
Las palabras importan. Y las palabras claras, adaptadas a lo que cada niño puede sostener según su edad, son un regalo que se guarda para toda la vida.
Vivimos duelando, pero nadie nos lo enseñó
Elisabeth Kübler-Ross, pionera en el estudio de la muerte y el duelo, decía que los niños no temen a la muerte, temen al abandono. Lo que más necesitan no es que les ocultemos el dolor, sino que les mostremos que no estarán solos en él.
Y hay algo más profundo todavía: vivimos duelando. El duelo no es una experiencia traumática de un momento — es un proceso que atravesamos muchas veces a lo largo de la vida. Cada vez que algo termina, cada vez que algo cambia, algo en nosotros hace duelo.
Pero vivimos como si fuera una excepción. Como si fuera algo que nos pasa de vez en cuando y hay que resolver rápido. Y en ese apuro perdemos algo valioso: la oportunidad de aprender a habitar nuestras emociones.
Los primeros duelos de la infancia son una oportunidad única. No para que los niños sufran, sino para que aprendan que el dolor tiene nombre, que las emociones se pueden sentir y sostener, y que despedirse es un acto de amor.
Qué ayuda realmente
No hay un guión perfecto. Pero hay algunas cosas que marcan la diferencia:
Usar la palabra “murió”. No se escapó, no se fue, no se durmió. Murió. Esa palabra, dicha con calma y con presencia, le da al niño algo concreto con lo que trabajar.
Responder solo lo que preguntan. No hace falta explicar todo de una vez. Los niños preguntan lo que pueden sostener en ese momento. Respondé eso, con honestidad y simplicidad.
Dejar que sientan lo que sienten. Tristeza, enojo, confusión, incluso alivio si el animal estaba sufriendo. Todas las emociones son válidas. Ninguna necesita ser corregida.
Llorar delante de ellos si sentís ganas. Ver que los adultos también sienten les enseña que el dolor es parte de la vida, no algo peligroso que hay que esconder.
Crear un pequeño ritual juntos. Dibujar, escribir su nombre, plantar algo, encender una vela. Un gesto que diga: esto importó, este vínculo fue real. Ese momento les da una forma concreta de despedirse y se convierte en un recurso que llevarán consigo.
Una perla para toda la vida
Ofrecer a un niño palabras claras y la posibilidad de encontrar su propia forma de despedirse no es exponerlo al dolor. Es darle algo que guardará en su interior para siempre.
No es el crecimiento cronológico que da la edad. Es el crecimiento del alma, la posibilidad de experimentar, de desplegar sus emociones, de aprender que puede atravesar momentos difíciles y seguir adelante.
La muerte de un animal de compañía puede ser la primera vez que la muerte entra en casa. Cómo la acompañamos juntos deja huella. 🐾
Estamos para acompañarte
En Huellas del Alma trabajamos con familias para que adultos y niños puedan atravesar este momento con palabras, presencia y recursos. Si querés un espacio para pensar juntos cómo hacerlo, podés escribirnos.
Mariana Pérez es acompañante en fin de vida y Doula de muerte. Se formó y trabaja en El Faro Asociación Civil, ONG dedicada al acompañamiento en fin de vida, donde hoy ejerce como coordinadora. Esa trayectoria y mirada profesional es la que lleva ahora al mundo de los animales de compañía, a través de Huellas del Alma.